La ayuda al desarrollo es un fracaso

La ayuda al desarrollo es un fracaso

Lo explica muy bien Veronique de Rugy en la revista Reason. Y acompaña el titular con un comentario devastador con el que no se puede no estar de acuerdo: enviar dinero bueno a gobiernos malos empeora la situación de los países pobres.

Lo cierto es que se ha generalizado la opinión de que la ayuda internacional es una de las claves para superar catástrofes naturales o para solucionar problemas endémicos de pobreza y desigualdad. Pero la realidad nos confirma, día tras día, exactamente lo contrario.

Y no es que los países desarrollados tengamos que cruzarnos de brazos. Pero lo que el economista de la George Mason University, Christopher Coyne, documenta en su libro Doing Bad by Doing Good es que las medidas destinadas a mejorar la situación en los países receptores, un objetivo teóricamente bueno, raramente consiguen un impacto positivo. No tenemos en cuenta a quién se lo damos, su capacidad y honestidad, desconocemos cómo funcionan aquellos países (o preferimos no saberlo, así vivimos más tranquilos y satisfechos) y solemos crear incentivos que acaban dañando a las personas que queríamos ayudar.

De Rugy explica que los más de 600.000 millones de dólares enviados a África no han conseguido mejorar significativamente la situación de la mayoría de los países receptores de esa ayuda. Los motivos son múltiples. A destacar la corrupción de los gobiernos, el desvío de muchos de esos fondos hacia gastos militares, la deslegitimación implícita que las ayudas al desarrollo provocan sobre los gobiernos receptores (la economista zambiana, Dambisa Moyo, argumenta que la ayuda continuada refuerza la percepción de que los gobiernos africanos son ineficaces y hace prácticamente imposible que se liberen de la dependencia de la ayuda exterior). Además, la ayuda internacional tiene el mismo problema que la economía dirigida de los antiguos países socialistas: la decisión de hacia dónde dirigir los fondos no está en manos del libre juego de la oferta y la demanda, sino en manos de “sabios” decisores que, casi de forma invariable, acaban por priorizar malos proyectos elegidos por razones políticas, de imagen o por corrupción.

Podemos seguir pensando que somos muy generosos y que quienes cuestionan la ayuda internacional son unos egoístas neoliberales. Dormiremos muy satisfechos. Pero los países receptores de esas ayudas seguirán sumidos, como hasta ahora, en la pobreza y la corrupción.

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