Un meteorólogo en medio del terror rojo

Un meteorólogo en medio del terror rojo

El meteorólogo, de Olivier Rolin, aborda los años del llamado Terror soviético (un poco antes de ese Gran Terror que llevaría al paroxismo el Terror anterior, convertido en cotidiano y casi normal). Un libro más sobre el Gulag, sobre el Terror comunista… confirmación para los convencidos mientras los negacionistas, los que prefieren mirar para otro lado o incluso negar la realidad de lo que fue el experimento de una tierra nueva comunista, ni se tomarán la molestia de escuchar lo que Rolin nos explica.

En esas estaba, con pocos incentivos para adentrarme una vez más en el laberinto del horror comunista, cuando la recomendación entusiasta de Gregorio Luri me animó a cambiar de opinión e incluir entre la lista de lecturas veraniegas este libro. Un enorme acierto.

El meteorólogo aporta un nuevo matiz a la literatura sobre el Gulag. Rolin no pretende ofrecernos un vasto panorama de lo que supuso el terror soviético, de sus orígenes, ramificaciones y consecuencias, sino que nos presenta algo mucho más humilde pero, al mismo tiempo, más cercano y en cierto modo devastador: la historia de un hombre concreto, Aleksei Feodosievich Vangengheim, comunista convencido y hombre de ciencia, pieza clave en el desarrollo del sistema meteorológico de la URSS que llega a dirigir y que un buen día, sin motivo alguno, pasa a ser triturado en esa máquina de destrucción de hombres en que consistió la Unión Soviética.

Olivier Rolin despliega aquí una escritura comedida, nos ahorra descripciones truculentas y no busca impactar emocionalmente. Bastante tenemos con la historia desnuda. La edición que nos ofrece Libros del Asteroide incluye reproducciones de las cartas y dibujos que Vangengheim envió desde las islas Solovki, epicentro del archipiélago Gulag, a su hija, de la que se vio brutalmente separado cuando ésta tenía cuatro años. El amor del preso por su hijita, su empeño en hacerle llegar adivinanzas, en explicarle los rudimentos de la geometría a partir de hojas que él mismo recolectaba, los dibujos de animales o de las auroras boreales que contemplaba, resultan conmovedores, un testimonio de que, incluso en el lugar más inhóspito, el ser humano puede preservar un espacio para lo bueno, para lo bello. Esos dibujos, esas cartas, en su pequeñez pero también en su concreción, proclaman la tremenda injusticia del comunismo con mayor fuerza que cualquier declaración rimbombante.

Acierta también Rolin al no tratar de edulcorar la historia, al no ocultar las debilidades de Vangengheim. Su insistencia en mantener la fe en el Partido, en el padrecito Stalin, pueden llegar a exasperarnos. ¿Qué más hace falta para que reconozca lo evidente? Resulta asombroso (claro, para nosotros que sabemos bien de la perversidad del régimen soviético), pero al mismo tiempo es revelador de la mentalidad con que tantos entusiastas comunistas entregaron sus vidas a esa ilusión, a esa religión secular que, como todos los mesianismos políticos, promete el paraíso para acabar haciendo realidad el infierno en la tierra. Como señalábamos antes, sin necesidad de truculencias, Rolin nos muestra la brutalidad despiadada del sistema soviético de un modo que encoge el alma y, al menos eso quiero creer, vacuna contra nuevos experimentos utópicos.

La voz de Olivier Rolin es el contrapunto a tanto sinsentido, a tanto crimen perpetrado con burocrática eficacia. Una voz humana ante tanta inhumanidad, perpleja en ocasiones, apesadumbrada otras, honesta y sincera. Como cuando escribe: “La única y mínima satisfacción que procura el estudio de aquellos tiempos salvajes es la de comprobar que casi siempre los fusiladores acabarán fusilados. No por obra de un justicia popular, internacional o divina, sino por la tiranía a la que sirvieron hasta la abyección; pero, aún así, fusilados, y sienta bien saberlo”.

Ojalá quienes aún hoy en día justifican el proyecto comunista y atribuyen el terror a los “inevitables excesos” pudieran leer y reflexionar sobre este Meteorólogo, y comprendieran que el terror se inscribe constitutivamente en el utopismo comunista. Esta vez ya nadie puede alegar ignorancia.

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